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Una total falta de escrúpulos: recordando a J. T. North, el “Rey del salitre” (segunda parte)

En 1882, ya convertido en millonario gracias a las ventajosas circunstancias que le brindó la Guerra del Pacífico, el empresario inglés volvió a su patria y se dio la gran vida. Pero aún no había terminado de explotar las riquezas del norte chileno, y por eso, en 1889, decidió regresar a estas tierras.

Rodrigo Castillo Richards

6 de mayo 2020

 

Hoy seguiremos examinando la controvertida figura del industrial británico John Thomas North, a propósito de la reciente aparición del libro “El rey del salitre que derrotó a Balmaceda”, del investigador y periodista Guillermo Parvex, publicado por Ediciones B.

Tras amasar una fortuna fabulosa en su primer paso por Chile, aprovechando y abusando de las las circunstancias extremadamente ventajosas que le brindó la Guerra del Pacífico, el astuto empresario volvió a su país después de quince años, en 1882, y durante algún tiempo vivió en Londres, junto a su esposa e hijos, dándose todos los caprichos de un millonario excéntrico y ofreciendo bailes y fiestas en los que el lujo alcanzaba niveles insólitos.

Hernán Ramírez Necochea, en su libro “La guerra civil de 1891: Antecedentes económicos” (1958), dice que el voraz negociante se dedicó, en esos días del retorno a su patria, a “sujetar el desarrollo económico de Tarapacá a los intereses del capitalismo británico”.

“En Inglaterra actuó dando muestras de singular inteligencia al poner en práctica diversos procedimientos encaminados a facilitarle la especulación con títulos salitreros y a permitirle la formación de poderosas compañías salitreras que giraban con capitales cuantiosos. En 1883 empezó a trabajar en Inglaterra, formando la Liverpool Nitrate Company Limited”, explica Ramírez Necochea, quien precisa que ya desde 1888 North empezó a ser conocido en los más exclusivos círculos financieros como “el Rey del salitre”.

 

CORAZÓN DE TINIEBLAS

Transformado en un verdadero artista de las inversiones, el ex mecánico empezó a extender sus actividades a otros países: compró dos fábricas de cerveza en Francia, adquirió una factoría de cemento en Bélgica, obtuvo una concesión para hacer circular tranvías eléctricos en Egipto y también participó en la explotación de una mina de oro en Londonderry, en Australia.

En agosto de 1892, el eterno buscador de utilidades se involucró, además, en la industria de extracción de caucho en el Congo belga, nación que en esa época era conocida como “Estado Libre del Congo” y que en la práctica era propiedad privada del rey Leopoldo II de Bélgica. Para ello el británico se asoció con el monarca –quien hasta ese momento posaba como “benefector” de África– en la creación de la tristemente célebre Anglo-Belgian India Rubber Company (para mayores detalles de este emprendimiento, se sugiere consultar el libro “The Democratic Republic of Congo: Between Hope and Despair”, de Michael Deibert, publicado en 2013).

De esa manera, a través de su colaboración con Leopoldo II, North contribuyó a otorgar un nuevo estatus corporativo a la campaña de esclavitud, mutilación, pillaje, violación y genocidio que el gobernante belga venía realizando –sin moverse de su palacio– desde que ascendió al trono, en 1865. Un legado de horror y abuso que, como bien se sabe, brindó la inspiración necesaria para que Joseph Conrad escribiera su estremecedora novela “Corazón de tinieblas”.

Retrocedamos ahora hasta el año 1889: pese a todos los éxitos que ya sumaba en su trayectoria reciente, el magnate aún no daba por cerrado el capítulo chileno de su vida. Volvió entonces a cruzar el Atlántico, para realizar el asalto definitivo a la región de Tarapacá. El objetivo del viaje era consolidar su imperio y apoderarse, ahora sí, de todas las riquezas de esa zona. Para ello contaba, en esta oportunidad, con el respaldo y los capitales de importantes financistas británicos que daban por seguro que obtendrían beneficios incalculables gracias a esta nueva aventura sudamericana de su inquieto compatriota.

Hernán Ramírez Necochea, en su ya citada obra aparecida en 1958, dice que esta segunda incursión del voraz especulador en las arenas del norte chileno significó el choque de dos voluntades tan potentes como irreconciliables: en una esquina se encontraba el ambicioso North, con sus avasalladores deseos de explotación salitrera, y en la otra se alzaba nada menos que el carismático y apasionado Presidente José Manuel Balmaceda, promotor del fortalecimiento del Estado, la ampliación de las vías férreas y la construcción de obras públicas.

Para dar una idea del dramatismo del conflicto, y de todo lo que estaba en juego en ese forcejeo de pesos pesados, el autor describe al inglés como “un capitalista frío y calculador, capaz de usar todos los medios para lograr sus objetivos, bendecido con una voluntad de hierro y una total falta de escrúpulos”. El mandatario, en cambio, emerge en el texto como “un verdadero hombre de Estado, emprendedor, enérgico y cuyos sentimientos de amor a la patria lo habían impulsado a seguir un vasto plan de progreso económico, base indispensable para modelar la completa independencia nacional”.

 

 

 

DÍAS OSCUROS EN CHILE

El periodista inglés Maurice Hervey, quien llegó a nuestro país en marzo de 1891, enviado por el diario “The Times”, de Londres, ofrece una interesante visión de esta segunda venida del empresario británico. El reportero traía la misión de reportear el desarrollo de la guerra civil que se declaró en enero de ese año entre los ciudadanos fieles al gobernante y los sectores oligárquico-conservadores representados por el Congreso. Contra todo pronóstico, el hombre de prensa terminó simpatizando con la causa del Presidente, y ese cambio de disposición lo llevó a tener una percepción más crítica del llamado “Rey del salitre”.

En su libro “Días oscuros en Chile”, obra que se publicó en la capital inglesa en 1892, y de la que recién en 1974 se hizo una primera traducción al castellano, por la Editorial Francisco de Aguirre, Hervey explica que North, pese a todos sus regalos a las autoridades locales y a sus esfuerzos en el campo de las relaciones públicas, no logró despertar la total simpatía de los chilenos en su regreso a estos territorios:

“Su carrera en Chile, anterior a su fenomenal ascensión como eminencia del salitre era una historia harto sabida, y aunque todos se maravillaban de la iniciativa y suerte de un hombre que había saltado de golpe de la pobreza a la fortuna, simplemente porque sabía cuándo había que dar el golpe, no era tan fácil olvidar que había hecho sus peniques a costa del suelo chileno. Su magnífico retorno era como una ofensa a la necesidad local de empresa, y provocó gran resentimiento”.

El profesional de las comunicaciones cita, en su relato, un fragmento de un discurso presidencial que debió ser como una bofetada en el rostro del acaparador empresario: “Es cierto que no debemos excluir la libre competencia en la elaboración del salitre en Tarapacá, pero no podemos consentir que esta extensa y rica región se convierta en una simple factoría extranjera”.

“Ya en muchas ocasiones (Balmaceda) había insinuado que se debía poner término a la entrega de concesiones que con tanta liberalidad se hacía a los consorcios europeos”, informa Hervey. “La riqueza de Tarapacá, conquistada con sangre chilena en la guerra con Perú, fluía a Londres y sólo quedaban unas pocas gotas en Santiago (…) Era harto conocido que el Coronel North había venido de Europa para consolidar y ampliar sus intereses, a lo que los programas de Balmaceda eran totalmente adversos”.

 

(Continúa en la tercera parte)

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