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Epidemias de ayer y de hoy: El mal repentino e imprevisto

Primera entrega de una serie en la que vamos a revisar textos sobre las pestes, dejados por grandes autores desde los tiempos de la antigua Grecia.

Tucídides: Testigo y víctima de la peste

 

Por: Rodrigo Castillo Richards

27 de abril de 2020

EL VALOR DESTROZADO

Si uno quiere comenzar el día sintiéndose como todo un héroe, incluso en estos tiempos en que la pandemia del Coronavirus tiene a la humanidad convertida en una indefensa colonia de hormigas, vale la pena desempolvar los viejos informes de Tucídides (460 – 395 A.C.), específicamente aquellos capítulos del libro segundo de su “Historia de la Guerra del Peloponeso”, donde el perfeccionista historiador y soldado reproduce la arenga de Pericles a los atenienses.

¿Por qué los habitantes de esa gloriosa ciudad-Estado, cuna de un imperio,  necesitaban que alguien les diera ánimos? Simplemente porque en esos días (año 431 A.C., a fines de marzo), en medio de la devastación causada por el conflicto bélico, los miembros de la comunidad fueron azotados por una monstruosa epidemia cuyos síntomas –descritos en forma exhaustiva por el propio Tucídides, quien los observó y también los experimentó en calidad de paciente–  resultan terroríficos hasta cuando se leen en la comodidad de un búnker a prueba de plagas. Para evitar esos detalles horripilantes, sólo digamos que la enfermedad cayó sobre ellos sin avisar y se alejó cuando quiso, dejando como recuerdo un terror que perduraría por siglos y, claro, una pila de cadáveres cuya altura podía rivalizar con la del monte Olimpo.

“Una gran desgracia, una desgracia reciente, os ha afectado. Vuestro espíritu, desconcertado, no está a la altura de vuestras resoluciones de antes. Lo que destroza el valor es el mal repentino, imprevisto, que desconcierta todas las previsiones, y esto es lo que os ha ocurrido cuando la epidemia ha venido a sumarse a los otros daños”, dice el sabio gobernante.

Y continúa: “Sin embargo, vosotros que habitáis en una gran y noble ciudad, que habéis sido criados y educados en sentimientos dignos de ella, debéis soportar con ánimo las mayores desgracias y no perder semejante reputación. Pues así como los hombres desprecian a quien por ambición procura adquirir honores que no le pertenecen, también culpa al que por falta de ánimo pierde los honores que tenía. Por tanto, varones atenienses, olvidad los dolores y pasiones particulares para ocuparos solamente de defender la libertad común”.

Lo que se pedía a los atenienses, entonces, era que se sobrepusieran a una epidemia incomprensible que superó y ridiculizó todo el conocimento médico de su época. Si usted sobrevivió a esta prueba, les decían, levántese ahora de su cama, tome su espada y marche hacia el campo de batalla para continuar esta guerra fratricida. Comparada con ese agotador prospecto, la situación de quienes viven en el año 2020 de la era cristiana (la obligación de respetar la cuarentena para sobreponerse a una pandemia que de todas formas nos conducirá hacia una depresión económica planetaria) resulta casi un contratiempo razonable, o tolerable, al menos.

 

ENEMIGO OCULTO

“De todas las desgracias que han azotado a la humanidad, las grandes epidemias han dejado siempre un recuerdo particularmente vívido”, reflexiona Elías Canetti en un capítulo de su libro “Masa y poder”, trabajo monumental en el que estudió nada menos que el comportamiento y la naturaleza de las aglomeraciones humanas organizadas como un solo cuerpo móvil: su origen muchas veces aleatorio, sus cortos ciclos de vida, su lógica interna y su siempre inevitable dispersión espontánea.

Eternamente lúcido frente al horror, siempre atento a claves que le permitan aproximarse a la comprensión de las cosas, el ganador del Premio Nobel de Literatura 1981 establece una comparación entre el poder destructivo de una enfermedad mortal que se propaga rápidamente, y contra la cual no existe medicamento eficaz, y la súbita irrupción de un terremoto. En ese careo de calamidades, el movimiento sísmico aparece, en definitiva, como un mal menor. “Mientras que un terremoto se extingue tras unas cuentas sacudidas, una epidemia puede prolongarse durante meses o incluso un año”, alega.

Un fuerte movimiento de tierra desata el pánico y causa desplomes de edificios, pudiendo cobrar, en el proceso, las vidas de numerosas personas, pero todo ese horror se impone “de golpe”. Las víctimas perecen más o menos al mismo tiempo, generalmente aplastadas bajo los escombros de sus propias viviendas, o sepultadas por los muros de otras estructuras. El efecto de la epidemia de peste, en cambio, es “acumulativo”.

“Los casos van multiplicándose y empiezan a aparecer muertos por todas partes; pronto los muertos son más numerosos que los vivos. Puede que el resultado de una epidemia sea al final el mismo que el de un terremoto, pero en el primer caso la gente es testigo de la gran mortandad que tiene lugar a la vista de todos; es como si participara en una batalla que fuera a durar más que ninguna. Sólo que el enemigo está oculto, por ningún sitio se lo ve; nadie puede atacarlo”, plantea Canetti.

El recuerdo del autor nacido en Bulgaria y de “Masa y poder”, ese libro inabarcable al que dedicó 22 años de su vida (1938 – 1960), y con el que intentó comprender algo tan misterioso como la esencia misma del nacionalsocialismo, se vuelve pertinente y hasta obsesionante al caminar por las calles de Santiago (o por ciertas comunas, al menos) en estos días de cuarentena. Las calles lucen vacías o semidesocupadas, y sólo algunos peatones enmascarados circulan a paso rápido con sus carritos de compras, esperando llegar al supermercado antes de que se acaben los víveres esenciales. Las palomas, esas eternas compañeras del ser urbano, se muestran ávidas de cualquier migaja que puedan obtener, porque ya nadie se queda sentado tirándoles restos de comida.

En esos momentos la masa como tal no existe, no se ve en las calles, pero un fondo de intuición nos sugiere que la muchedumbre ausente sólo está replegada, dividida en pequeñas unidades o células domésticas que en cualquier momento podrían volver a ensamblarse en el espacio público. El miedo mantiene a los ciudadanos en sus casas, pero el miedo también puede empujarlos a salir.

Sobre el tipo de vida que se lleva a la sombra de una peste, dice Canetti: “La gente vive por igual en una espera atroz durante la cual todos los vínculos habituales entre los hombres se deshacen. El contagio, que es tan importante en una epidemia, hace que las personas se aíslen unas de otras. Lo más seguro es no acercarse demasiado a nadie, pues podría estar ya contagiado. Mantenerse a distancia se convierte en el último recurso”.

 

MUERA LA EPIDEMIA

La idea de la masa invisible, esa entidad conformada por todos los ciudadanos que ya no deambulan por las calles, debido a que fueron alcanzados por la pandemia o aún luchan por escapar de ella, aparece también, anotada en un registro más pintoresco y fantasmagórico, en uno de los apuntes que integran el volumen “Los muertos y las muertas”, del español Ramón Gómez de la Serna. En esa obra, donde el magistral ironista nos invita a aceptar el fin de la existencia como el necesario cierre de un ciclo natural que de otra manera se volvería interminable y fastidioso, la subcategoría de la “muerte por epidemia” se entromete como un asunto luctuoso que, por su mismo carácter de catástrofe lenta, inexorable y anónima, resulta inmune a los filtros del humor.

“Los muertos de las epidemias son como grandes grupos de transeúntes congregados en manifestación. Son muertos cuya muerte iba a ser más lejana, y por eso es una suerte malograda –la muerte no es siempre un malogramiento–; son muertos que, después de muertos, en sus sepulcros, tuvieron unas terribles viruelas de ultratumba, una terrible erupción, debida a que aún quedaban en ellos muchas posibilidades de vida. ¡Si no hubiese venido aquella epidemia! Y protestan en grandes masas contra la epidemia. ‘¡Abajo la epidemia!’, ‘¡Muera la epidemia!’”, imagina el narrador.

Gómez de la Serna llega incluso a acuñar el término “sobremurientes” para englobar a todos los “veteranos” de las epidemias de siglos anteriores. Se refiere con ello a que las muertes de esos infortunados ciudadanos perdieron individualidad al convertirse en simples estadísticas de la mortandad de otras épocas. Piénses en las fosas comunes.

Las víctimas de una plaga se extinguen sin que en sus finales haya alguna coherencia con las diferentes formas en que vivieron. Sus biografías se ven bruscamente interrumpidas, como un relato por entregas cuyo último capítulo nunca llegó a imprenta debido a que la editorial se declaró en bancarrota. En su hora final, ellos perdieron hasta la posibilidad de que sus vidas tuvieran conclusiones únicas, propias e intransferibles. ¿Puede decirse, entonces, que sus historias particulares alcanzaron, en verdad, ese último episodio que tal vez ya estaba escrito o al menos esbozado?

“‘Sobremurientes’”, insiste el escritor, “porque así como hay los sobrevivientes, hay los que, sobre los demás muertos, tienen una ventaja de conservar en la muerte ese resto de vida, que hubieran podido vivir sin esa cosa tan fortuita, tan baladí, tan sin la grandeza de la muerte, que es la epidemia”.

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