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Copia o muerte: El pirateo como herramienta de supervivencia

Conversamos con Giorgio Jackson y Paula Espinoza, autores de un libro que cuestiona la idea tradicional de «derecho intelectual» y promueve el libre acceso a la cultura y la tecnología.

Por: Rodrigo Castillo Richards

Diciembre de 2019

 

MOVILIZAR UN SENTIDO COMÚN

El libro “Copia o muerte” tiene un título dramático, de eso no hay duda, pero lo que resulta de veras alarmante es el subtítulo de la obra: “Una decisión urgente para nuestra supervivencia”. ¿Será para tanto? ¿Estamos en realidad frente a un asunto de vida o muerte? ¿Y cuál es ese asunto, en buenas cuentas?

Para responder esas preguntas, primero hay que entender de qué se trata el volumen, que salió de imprenta el pasado 22 de octubre, editado por la Fundación Saber Futuro, justo a tiempo para empezar a circular en un Chile conmocionado por el estallido social.

Las interrogantes que surgen en torno de la publicación se despejan un poco al conversar con el diputado Giorgio Jackson y la licenciada en Literatura Paula Espinoza, autores de esta especie de ensayo multidisciplinario que, en poco más de 210 páginas, plantea debates sobre cuestiones como acceso, censura, vigilancia, patentes, crisis climática y postcapitalismo. Tras escuchar las palabras de ambos, es posible resumir su propuesta como una “defensa de la copia”: la copia entendida como forma de vida y adaptación, o el pirateo visto como reproducción necesaria.

La “decisión urgente” que se plantea en el subtítulo, por otra parte, se relaciona con la necesidad de aunar criterios a nivel político, ciudadano y empresarial para solucionar, de una vez por todas, el desastre climático global que amenaza a la especie humana. Si todo el mundo pudiera acceder libremente a la información necesaria para comprender y enfrentar esa catástrofe inminente, opinan el parlamentario y la intelectual, sería posible superar la incompatibilidad de intereses que hoy sitúa en bandos opuestos a medioambientalistas y defensores del capitalismo neoliberal. La complicación radica en que para ello sería necesario desmantelar, o al menos reformular, conceptos tan lucrativos como “propiedad intelectual” y “derechos de autor”.

“Con este libro estamos tratando de movilizar un sentido común. Como sociedad, estamos súper instalados en una cierta forma de comprender el conocimiento y la creación, y lo que pedimos al lector es que se haga preguntas y cuestione esa forma de comprender ambas cosas”, plantea Espinoza.

“No estamos diciendo que el autor de una obra tenga que regalar su trabajo, renunciando a toda remuneración, pero sí es indudable que la forma en que entendemos la autoría ya cambió: sólo mira las publicaciones que existen en Twitter e Instagram, la cantidad de gente que está escribiendo, la cantidad de gente que toma tu texto en el ciberespacio y luego lo transforma y lo publica de otra manera. Eso está pasando, y en gran parte ocurre de la mano de la tecnología, y luchar contra eso puede ser un poco obtuso”, agrega ella.

El diputado de Revolución Democrática, en tanto, resume la dificultad del asunto a través de la siguiente reflexión: “La vida en nuestro planeta aparece cuando hay un ente replicador, alguien que tiene la capacidad de copiarse a sí mismo. Por eso, la copia es vida. El problema es que, a diferencia de lo que ocurre en biología, en la cultura no es tan fácil determinar el momento en que se pasa del original a la copia”.

–En el libro se ofrecen ejemplos tomados de áreas tan variadas como la filosofía, la medicina, la informática, los estudios de género, la historia y la astronomía. Al principio da la impresión de que están hablando de temas inconexos, y sólo al avanzar en la lectura se arma el discurso. ¿Por qué eligieron empezar así su argumentación?

Giorgio: –Este libro no sigue la estructura de un ensayo tradicional, y creo que eso lo hace ser llamativo. Esa opción nos permite darle dinamismo y anclarlo en hartos ejemplos, para así transitar desde una discusión más abstracta y filosófica hacia ejemplos concretos. Es un libro atractivo porque viaja por distintos lugares.

Paula: –Lo que pasa es que la literatura sobre el tema de propiedad intelectual, o sobre las formas de administración del conocimiento, es vasta pero al mismo tiempo es muy de nicho. Se maneja en el mundo de los abogados, los economistas, así que no es un tema muy accesible para el público general. Nosotros optamos por hacer un texto más transversal, que tocara todas las dimensiones y todos los distintos actores. Queríamos ir lentamente introduciendo al lector, para que éste fuera comprendiendo esto de a poco. Lo primero, entonces, es decir: ojo, la copia no es mala, la copia no siempre ha sido mala y es mucho más parte de nuestra vida de lo que se podría suponer.

–Algunos piensan que el tema de la propiedad intelectual es casi intocable. Ustedes abordan el problema de los medicamentos, por ejemplo, y hay quienes piensan que, si la producción de un medicamento no fuera buen negocio para los laboratorios, a través del pago de licencias, la industria farmacéutica no tendría incentivos para la investigación.

Paula: –Nosotros vivimos bajo un marco economicista de la propiedad intelectual.  Ahí habría que preguntar, entonces, si el incentivo es el correcto, o si el incentivo ha generado realmente una mayor innovación o un mayor conocimiento. Antes de que existiera la propiedad intelectual igual se creaba, entonces por qué habría que suponer que se necesita ese incentivo para que haya creación. Muchas veces ocurre, además, que el Estado financia la investigación y luego el laboratorio privatiza el hallazgo.

Giorgio: –Nosotros hacemos un intento por ir un poco más atrás de ese común y transversal llamado a que exista innovación. Todos queremos que haya nuevos remedios, pero hoy ocurre que mucha gente no puede acceder a tratamientos porque sus enfermedades no tienen un nicho de mercado. Pueden ser enfermedades muy masivas, pero, como no representan un nicho de negocios, los laboratorios no quieren invertir para investigarlas. Nosotros, entonces, vamos a la raíz de todo esto, y nos preguntamos: ¿es el conocimiento sobre un fármaco algo que debiésemos delegar en una empresa privada, dedicando todo un esquema jurídico internacional para proveer de incentivos a esa empresa, o será más bien que el conocimiento respecto de los fármacos es, más bien, un problema público?

RABIA E IMPOTENCIA

Jackson y Espinoza aclaran que el fenómeno tratado en el libro no debe confundirse con el plagio o la falsificación. La copia, tal como la conciben ellos, permite la difusión masiva y democrática de bienes como el arte, el conocimiento y la tecnología. La legislación que resguarda los derechos de autor, en cambio, limitaría el acceso a esos bienes, entorpeciendo el traspaso de información al enfocar ese intercambio desde un criterio puramente economicista. El resultado de esa interferencia sería que se excluye del proceso a quienes no pueden pagar el elevado precio monetario de la versión “original”.

El diputado explica, en la página 55 de “Copia o muerte”, cuál fue el hecho puntual que lo llevó a explorar el tema de la copia y el derecho intelectual: en 2014 recibió un correo electrónico donde le contaban el caso de Alejandro Reyes Acevedo, un ciudadano chileno que padecía una rara enfermedad (leucemia linfoblástica aguda con cromosoma filadelfia positivo) y que por supuesto no contaba con los recursos económicos necesarios para costear el carísimo tratamiento.

Abrumado, según cuenta, por sentimientos de “rabia e impotencia” frente a la injusticia de la situación, el parlamentario empezó a reunir antecedentes y llegó  a la conclusión de que la única salida posible, la única forma de ayudar a personas como Alejandro, era eliminar la normativa de propiedad intelectual para los fármacos. Se inició así una campaña  para conseguir que el Estado realizara las correspondientes modificaciones legislativas, cruzada en la que el gran adversario fue nada menos que la influyente y poderosa industria farmacéutica internacional.

El caso sigue abierto, pero en el camino se obtuvo una especie de premio de consuelo: en 2018, la ex ministra de Salud de Michele Bachelet, Carmen Castillo, firmó una resolución que declaraba a la hepatitis C como un problema de salud pública. Esto permite que el público pueda adquirir un medicamento bioequivalente fabricado por un laboratorio distinto del que actualmente posee la licencia oficial en el país, lo que, en términos prácticos, se traduce en que el costo del fármaco disminuye en forma considerable.

 

EN BUSCA DEL ORIGEN

“A partir del tema de los fármacos, nos preguntamos si el conocimiento en torno a un medicamento es un problema público, pero no en un sentido público-estatal, sino en un sentido común-global”, dice Giorgio Jackson.

“Para eso había que ir hacia atrás, partir desde el origen, tratar de encontrar el ‘origen’ de esta noción de origen del conocimiento en la cultura, eso es lo que nosotros cuestionamos, y al no encontrar ese origen nos fuimos dando cuenta que es bien absurdo y arbitrario el que hoy no se pueda copiar algo que permite vivir”, plantea el diputado.

“En esa búsqueda del origen de la noción de origen nos hemos acercado a culturas muy alejadas de la occidental. Los mismos pueblos americanos, previos a la colonización, o al mal llamado descubrimiento de América, no tenían una noción de propiedad intelectual, y ni siquiera los países europeos de ese entonces tenían esa noción. Esa idea de propiedad intelectual se fue construyendo en el tiempo, y lo que nosotros decimos es que esa creación jurídica, al final, es política y no es neutra”, insiste el parlamentario.

“Ahí hay un punto de inflexión en el libro, también, porque nosotros decimos que el conocimiento es un invento”, interviene Paula Espinoza.

“El conocimiemnto se establece cuando alguien dice qué es conocimiento y qué no es conocimiento. Ahí, entonces, hay una noción que es ideológica, y eso quiere decir que se invisibiliza un montón de otros saberes y actores. El conocimiento es transfusión de algo, y hay que estar muy atento a cómo se maneja, a quién lo administra. Hay que cuestionar permanentemente el conocimiento, sobre todo hoy, cuando la técnica tiene una predominancia tan grande en nuestra vida, y ahí nos vamos directamente al tema de los datos y al uso de los datos”, añade.

–¿Te refieres al problema del algoritmo y su influencia en nuestra vida, a través del consumo? Ustedes abordan ese asunto en el libro.

Paula: –Claro, en este momento nuestra vida está administrada por esa acumulación de datos, y nosotros decimos: ojo, hay que preguntarse qué se está haciendo con esos datos. No es que haya que dejar de recolectarlos, pero hay que tener ciertos acuerdos comunes respecto de eso. Entonces, por ejemplo ahora, a propósito del estallido social, uno dice hasta qué punto hay cierto cansancio, o una necesidad de que nos escuchen, y si alguien no se siente escuchado es porque ha sido permanentemente reducido a un dato, entonces hay una subjetividad que se ha estado perdiendo en pos de una téncica. Hemos convertido esa técnica en único lugar de conocimiento, y no se entiende por qué la evidencia tiene que ser únicamente de cierta manera y no de otra.

–El libro hace ver que el algoritmo se usa no sólo para moldear nuestros hábitos de consumo o para predecir nuestras preferencias, sino que también se presta para influir en la política, lo que es bien inquietante.

Giorgio: –Yo creo que eso ya está pasando. Lo vemos con la elección de Trump, o en lo que pasa con el Brexit, o en Colombia con el Plebiscito por la Paz. Lo que busca el libro, fundamentalmente, es abrir preguntas y proponer un diagnóstico en un momento en que es necesario hacerse esas preguntas. Partimos de la base de que la tecnología es conocimiento social codificado, conocimiento histórico que vamos administrando y que puede ser usado para beneficio del capitalismo o al servicio de un modelo económico, pero que también podría ser usado para otro modelo, para otra forma de vida y de convivir.

–El problema es que, hasta ahora, la mayoría de las personas se relaciona con la tecnología desde una posición pasiva, como simples consumidores.

Giorgio: –Está ese problema, claro, pero nosotros vemos en la tecnología un espacio para pensar utópicamente. Lo que pasa es que para llegar a ese pensamiento utópico se requiere una conversación política, y se necesita reconocer que no es la tecnología la que nos va a salvar, sino que somos nosotros, empoderándonos y ocupando de manera consciente ese potencial tecnológico, los que podemos, por ejemplo, llegar a vivir en un planeta sustentable.

Paula: –Otro tema importante es el del trabajo y las formas de trabajo. Estamos en un momento de cambios tecnológicos muy acelerados y para muchas personas existe el fantasma de la automatización, la idea de que las personas, y sobre todo los trabajadores jóvenes, van a ser reemplazados por tecnología que no sólo es más barata que ellos, sino que es mejor que ellos. Uno puede preguntarse ahora por qué los cabros andan en la calle tirando piedras, pero los mismos adultos les hemos dicho que el mundo se va a acabar, por la crisis climática, y que todos ellos van a quedar desempleados por culpa de la automatización.

–Ustedes, en el libro, abordan ese problema y, de hecho, plantean algunas posibles vías de acción. No todo estaría perdido, entonces.

Paula: –Sí, yo diría que, en ese sentido, el libro sí plantea alternativas; no es un libro nihilista. Una cuestión fundamental es la responsabilidad que la humanidad tiene sobre la tecnología. Hasta ahora estamos en un discurso donde pareciera que la tecnología pasa y que nosotros, como humanos, no somos capaces de hacernos responsables de ese desarrollo tecnológico. Nosotros decimos que tenemos que hacernos responsables, y una cuestión básica es la alfabetización digital. Si no la tomamos en serio, ahí estamos bastante fritos. Necesitamos una sociedad alfabetizada digitalmente.

–El desarrollo tecnológico trae consigo la necesidad de actualizar constantemente nuestros dispositivos, y eso genera ansiedad. Y esa ansiedad puede complicar nuestro entendimiento de la tecnología, ¿no?

Giorgio: –De hecho, el conocimiento sobre la tecnología nos permite tener más soberanía sobre nuestras acciones. Por ejemplo, la mayoría de las personas no sabe cómo las actualizaciones de un software en nuestro celular pueden afectar la vida útil del aparato. Los teléfonos traen una tecnología que, si la comprendiéramos, nos permitiría actualizarlos sin tener que comprar un nuevo aparato. Tu teléfono de ahora podría servir para toda la vida, o para 15 años, al menos, pero el problema es que eso no lo sabemos, porque vivimos en ese analfabetismo digital que mencionaba Paula.

–¿Cómo se relaciona esta necesidad de alfabetización digital con el cuidado del medioambiente y la lucha contra el cambio climático?

Giorgio: –El analfabetismo digital afecta a nivel ambiental, porque nos hace vivir en la imposibilidad de tener una discusión sobre estos temas. Aún no podemos poner todas las capacidades humanas a trabajar para resolver el problema de la crisis climática, y eso se debe, en parte, a que estamos en un modelo económico en el que no tenemos suficiente información acerca de lo que está pasando. Esa información existe, pero no quieren entregárnosla. Ya sabemos que el calentamiento global va a ser irreversible dentro de diez años, pero es como que vamos caminando hacia un precipicio y no nos queremos detener. Los países desarrollados no están dispuestos a sacrificar hoy sus altos estándares de vida para realizar un cambio en los modelos productivos y de consumo, porque el sistema les es funcional, entonces seguimos caminando hacia el precipicio y no lo vemos, porque estamos todos drogados con las tecnologías y con las posibilidades que han abierto las fronteras de consumo, pero, si seguimos así, vamos a llegar al borde y nos vamos a caer.

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