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Batalla en las calles de Santiago: Vicuña Mackenna toma su fusil

Hoy se conmemoran 170 años desde el día en que el hiperactivo historiador y articulista combatió, junto a sus compañeros de la Sociedad de la Igualdad y con el apoyo del sublevado batallón “Valdivia”, contra las fuerzas armadas del gobierno conservador encabezado por Manuel Bulnes.  

Por: Rodrigo Castillo Richards

Martes, 20 de abril de 2021

 

 

TIROTEO CALLEJERO

La fecha “20 de abril”, pero de 1851, está marcada con fuego y pólvora en la biografía de Benjamín Vicuña Mackenna. Fue el día exacto en que, siendo apenas un veinteañero, empuñó el fusil y combatió, junto a sus compañeros de la Sociedad de la Igualdad, contra las fuerzas armadas del gobierno conservador encabezado por Manuel Bulnes.

 

El escenario del caótico tiroteo fue la Alameda, en pleno centro de Santiago, y el resultado inmediato de esa jornada fue una derrota de la causa liberal que le costó la vida a una veintena de personas. Una vez aplastado el alzamiento, el futuro intendente de la ciudad fue encarcelado y condenado a muerte. Luego obtuvo el indulto y más tarde se fugó de la prisión: algunos dicen que, para engañar a los guardias, huyó disfrazado de mujer. En septiembre estalló la guerra civil, y Vicuña Mackenna también participó en ese conflicto.

 

Ya en su madurez, y consagrado como político, articulista e historiador, el trabajólico ciudadano pipiolo se decidió por fin a escribir sobre el día en que hizo su debut como joven combatiente. El libro fue publicado en 1878 y se tituló “Historia de la jornada del 20 de abril de 1851: una batalla en las calles de Santiago”. En las páginas iniciales, el autor incluyó un párrafo donde anuncia: “Vamos a alzar el telón de nuestros recuerdos sobre una escena, la más terrible y la más enseñadora de todas en aquella edad en que la experiencia política se aprendía, como la primera enseñanza de la escuela, con sangre”.

 

El objetivo esencial de todo el motín, como se sabe, era garantizar que la ciudadanía contara con unas elecciones presidenciales legítimas. Se sospechaba, y con buenos motivos, que el gobierno de Manuel Bulnes iba a intervenir el resultado de las votaciones para favorecer a Manuel Montt, el candidato oficialista. La idea, entonces, era lograr oportunidades justas para el opositor Manuel Camilo Vial, quien contaba con las simpatías de los sectores liberales y progresistas.

 

 

 

OPTIMISTA Y ATOLONDRADO

En su relato, Vicuña Mackenna evoca las figuras de sus ilustres compañeros de la Sociedad de la Igualdad, desde Santiago Arcos y José Victorino Lastarria hasta Francisco Bilbao, Eusebio Lillo y José Zapiola. La agrupación, hacia 1850, ya contaba con más de 3 mil integrantes entre los que se encontraban jóvenes de la oligarquía pipiola y representantes de sectores populares, principalmente del gremio de los artesanos. Llegada la hora de los disparos, los revolucionarios contaron además con el apoyo del coronel Pedro Urriola, quien, al mando del insurrecto batallón “Valdivia”, murió defendiendo los ideales republicanos.

 

Movido por el afecto y el agradecimiento, pero sin renunciar a su espíritu crítico, el cronista recuerda que el coronel Urriola era “un hombre de 53 años, y el más apuesto, bizarro y elegante jefe de nuestro Ejército”. El mismo uniformado, sin embargo, también habría sido víctima de un “incorregible optimismo” que lo llevó a conducirse, en el transcurso de la batalla, con “el atolondramiento de la inepcia”. Tampoco ayudó el hecho de que los igualitarios se vieran traicionados por elementos como cierto capitán “González” y un sargento de apellido “Laínez”. Éstos se pasaron a última hora a las filas de la Guardia Nacional, sumándose así a la mayoría de los sectores populares, quienes, al parecer, actuaron movidos por el temor a la autoridad de la administración Bulnes, renunciando así a los ideales que habían abrigado en las reuniones de la Sociedad de la Igualdad.

 

 

José Victorino Lastarria presenció el motín del 20 de abril y luego escribió en su diario: «Advertí que aquel movimiento estaba mal dirigido, que no llevaba trazas de acierto».

 

Vicuña Mackenna explica en su texto que a lo largo del enfrentamiento armado, durante la madrugada de ese domingo 20 de abril, “las ocho esquinas de la plaza” estuvieron atestadas de “curiosos y de paseantes, especialmente de sirvientes domésticos que iban al recaudo del abasto”. La actitud de todos esos observadores casuales y más bien silenciosos habría sido de “estupor”.

 

“Aquellos hombres que se veían eternamente supeditados por una clase superior y oligárquica no se daban cuenta de los intereses a cuyo nombre esa misma clase explotadora les pedía ahora su vida. Por esto, con excepción de cincuenta a cien hombres resueltos, la mayor parte jefes de taller o jóvenes aprendices, el mayor número se resistía evidentemente a nuestra vista a tomar las armas (…) Era evidente que la revolución les era simpática, pero no manifestaban la voluntad de seguirla”, comenta el autor.

 

EL ESTAMPIDO DEL CAÑÓN

Santiago Arcos, fundador de la Sociedad de la Igualdad, aparece retratado en el testimonio de Vicuña Mackenna como un certero analista del Chile de mediados del siglo 19. Francisco Bilbao, en tanto, emerge como un orador magnífico y carismático que, por otra parte, resultaba “mediocre y casi ininteligible” cuando debía expresarse por escrito.

El narrador también destaca las figuras de José Zapiola (“un noble carácter”) y de Eusebio Lillo (“naturaleza nacida para la gloria, para la poesía y el amor”), reservando sus mayores elogios para José Victorino Lastarria, quien es evocado, en el libro, como “diputado por Rancagua y brillante caudillo parlamentario del Partido Liberal, nacido sin fortuna y sin altos valimientos, ilustre profesor de la juventud de aquella época”.

 

Lastarria, por su parte, brindó su propia relación de los hechos en unas pocas entradas de su diario del periodo 1849-1852. Según cuenta, en la madrugada de ese domingo 20 de abril le informaron que en la plaza había “más de cinco mil almas” trabadas en combate armado. Se dirigió de inmediato al lugar de la refiriega y allá descubrió que había “como doscientos rotos armados y mandados por algunos jóvenes”.

 

“Advertí que aquel movimiento estaba mal dirigido, que no llevaba trazas de acierto y que el pueblo no acudía al toque de rebato ni le prestaba apoyo. El pueblo, consecuente a su imbecilidad, se había dirigido a los cuarteles de sus cuerpos y de allí era conducido a La Moneda en auxilio del Gobierno. Yo me retiré a mi casa”, anota el ofuscado intelectual, quien posteriormente, en una entrada fechada el día 18 de septiembre de 1851, da rienda suelta a su furia al constatar que el partido gobernante ha logrado su objetivo de instalar en el sillón presidencial a un hombre de sus filas: “¡En el momento en que escribo estas líneas, aquí, en mi asilo, a dos leguas de Santiago, viene a perturbarme el estampido del cañón del Santa Lucía! ¡Esa es la salva que anuncia que en este momento presta el juramento de la Presidencia, Montt, ese Presidente impuesto a Chile por los más ruines de sus hijos, es decir, por Varas, Mujica y la caterva de especuladores políticos y de pelucones imbéciles y torpes, que por miedo lo apoyan!”

 

La conclusión de Vicuña Mackenna, en su libro sobre esa jornada de abril,  resulta más mesurada que la de su colega Lastarria pero, en definitiva, es igualmente amarga: “La gran fuerza de los gobiernos, en países como el nuestro, no son las bayonetas (…) La fuerza verdadera de los despotismos es la ausencia total de ideas, la extenuación de ese vigor múltiple que hace crecer, renovarse, renacer, fortificarse y, aun, volver a nacer los principios cuando han sido muertos o anonadados por la fuerza brutal, el calor fundente de los intereses armónicos, que amalgama la voluntad de las masas”.

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