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Lluvia de cuchillos: Catalina Mena pone en aprietos a la “Venus arrodillada”

La autora tomó una escultura de mármol del año 1900, perteneciente a la colección del Museo de Bellas Artes, y la situó justo debajo de un grupo de 400 objetos filosos que cuelgan con sus puntas vueltas hacia abajo.

Por: Rodrigo Castillo Richards

Martes, 9 de marzo de 2021

 

ALTA TENSIÓN

Los 400 cuchillos que penden sobre Venus, con sus puntas vueltas hacia abajo, forman una especie de nube de material cortopunzante. La aglomeración de objetos filosos arroja una sombra mortífera en la nívea espalda de la diosa, y en cada una de las hojas metálicas que cuelgan a sólo centímetros de su cabeza se ven letras bordadas que forman palabras tan sugerentes como “familia”, “ruido”, “soñar”, “culpa”, “deseo”, “cuerpo”, “libertad”, “mentir”, “gozar” y “engaño”.

La escena creada por esa combinación de elementos es tensa, muy tensa, y ello significa que la artista Catalina Mena tuvo toda la razón al decidir que esa Venus, esa escultura de mármol llegada a Chile a comienzos del siglo veinte, era la figura ideal para ensamblar su obra “Léxico doméstico”.

“Siempre me ha impresionado el hecho de que el mármol, que es una piedra, pueda dar esa impresión de piel humana y de suavidad”, comenta la autora mientras observa su instalación, que fue inaugurada ayer lunes en el Museo de Bellas Artes, justo a tiempo para que su debut coincidiera con el 8 de marzo, fecha en que se conmemora el Día Internacional de la Mujer.

“Cuando empecé a planear esta intervención en el Museo, en 2018, quería ubicar los cuchillos frente a las cariátides del techo, para establecer un diálogo entre los objetos y esas figuras femeninas, pero en ese momento el techo estaba saturado con elementos de otra exposición. Además, después me di cuenta de que no me servía emplazar los cuchillos al lado de las figuras, sino que las hojas tenían que caer desde el cielo en sentido vertical, y fue entonces cuando junto a Gloria Cortés, curadora del Bellas Artes, empezamos a buscar una escultura de mujer entre las que forman parte de la colección del Museo, para situarla debajo de los cuchillos”, recuerda la expositora.

 

Mena, por supuesto, escogió a la figura de 80 centímetros de alto, conocida como “Venus arrodillada”, para convertirla en sufrida protagonista de la pieza. Se trata de una estatua moldeada hacia el año 1900 por el artista Ernesto Gazzeri, a partir de un modelo concebido en la antigua Grecia (siglo tercero antes de Cristo) pero que fue adaptado a la estética de la Roma imperial, y cuya importación desde Europa formó parte de un proyecto que buscaba modernizar la enseñanza de las artes en Chile.

En el Santiago de los albores del siglo veinte, el hecho de contar con imitaciones fieles de esculturas que evocaban la antigüedad clásica contribuyó a satisfacer los anhelos de belleza de la burguesía local. Tras enriquecerse con el salitre, la elite deseaba rodearse de ornamentos que estuvieran al nivel de los que se veían en las capitales del mundo industrializado, y para responder a esa demanda el Gobierno de la época decidió reunir un museo de copias.

El encargado de adquirir las piezas fue Alberto Mackenna Subercaseaux, quien pronto viajó a Europa, con un presupuesto oficial de 30 mil pesos, para seleccionar y comprar los ítems de la colección. Una vez que regresó de esa expedición, los frutos de sus gestiones se exhibieron en una muestra que fue inaugurada en agosto de 1911, justo un año después de que se iniciara la construcción del Palacio de Bellas Artes.

 

LO PÚBLICO Y LO PRIVADO

La “Venus arrodillada” fue una de las más de 500 adquisiciones realizadas por el aristocrático funcionario. La figura muestra una curiosa actitud corporal que al parecer alude al acto de bañarse. Desnuda y en cuclillas, con su pelo tomado y extendiendo su mano derecha sobre su hombro izquierdo en posición de recibir, tal vez, un chorro de agua suministrado por un sirviente, la diosa mira hacia abajo, quizás meditando si le conviene sumergirse o no mojarse más de lo estrictamente necesario. La postura del personaje, en todo caso, sirvió a Catalina Mena para reforzar la tensión que buscaba crear con su escena de cuchillos colgantes.

“Esta Venus tiene una actitud de recogimiento, de ensimismamiento, que resulta muy bonita. No es una escultura muy grande, así que tiene una presencia de otra índole, que no se relaciona con su tamaño. Como está arrodillada, se ve toda su espalda y eso no es algo habitual en este tipo de esculturas clásicas. Con su cara medio escondida, que no mira directamente al espectador, y con el peso visual que adquiere su espalda blanca, queda muy bien al situarla bajo las hojas filosas”, reflexiona la artista.

 

“Al estar tan recogida en sí misma, esta Venus denota un rol de mujer que tiene un carácter muy intimista. Su postura transmite un matiz muy fino entre lo privado y lo público, mientras que los cuchillos, al llevar esas palabras bordadas, tienen la connotación del lenguaje, de la agresión, de lo violento, y eso contribuye muchísimo a la tensión que se produce en toda la obra”, añade la expositora, quien anteriormente había empleado sus instrumentos cortopunzantes para crear otras instalaciones que se exhibieron tanto en Chile (Galería Isabel Aninat, 2009) como en las galerías EAC, de Montevideo (2012), y Rafael Pérez Hernando, de Madrid (2016).

“Cada vez que he montado esta instalación, se han ido articulando diferentes sentidos de reflexión dependiendo del lugar en que se exhibe. Ahora, en el Bellas Artes, al estar asociada a la escultura en mármol de la ‘Venus arrodillada’, mi intervención con cuchillos interpela directamente al cuerpo femenino y a las connotaciones de género que ello conlleva, aludiendo a la violencia dentro de lo doméstico y de lo íntimo. Recordemos que el cuchillo es ‘el arma’ del hogar: el mismo cuchillo que se usa en la elaboración de los alimentos, puede llegar a herir o matar”, plantea Mena.

-¿Qué función desempeñan las palabras bordadas en las hojas de los cuchillos? ¿Se relacionan también con el tema de la violencia?

-Las palabras bordadas en los cuchillos nos invitan a reflexionar en torno al uso del lenguaje en general, entendido como medio de comunicación, pero también nos hacen pensar en el lenguaje como posible “arma de doble filo” a la cual nos vemos enfrentados diariamente, ya sea dentro o fuera del hogar.

-¿Cómo seleccionaste las palabras bordadas en los cuchillos?

-Elegí palabras que se usan a diario y que se asocian a la vida en común. Fueron seleccionadas de listas que recopilé y consideré porque me parecían conceptualmente atractivas. Dichas palabras conllevan diferentes asociaciones y sentidos, pudiendo ser sueves o duras, pacíficas o violentas, y a través de ellas intento mostrar un amplio abanico de posibilidades, tal como las que se encuentran en la vida misma.

 

 

ELEMENTOS INQUIETANTES

El tema de la rutina doméstica que se vive dentro del hogar, con sus rituales, utensilios y convenciones, ha sido una preocupación recurrente para la artista. Su visión de ese universo íntimo y casero suele está contaminada por cierta extrañeza que, en su instalación “Hilando fino” (2009), adquirió rasgos casi fantasmagóricos: en ese caso, produjo una escena de onces o té familiar que, pese a estar desprovista de figuras humanas, sí incluía sillas, tazas y platos de tamaño real. Esos objetos estaban hechos con hilo de algodón y, por lo mismo, se veían como esculturas etéreas tejidas por una araña muy sentimental. El conjunto, además, flotaba a poca altura del suelo, sujeto por hilos clavados al techo.

Unos pocos años después, en 2013, la autora volvió a trabajar con piezas de mobiliario, pero mezclándolas con elementos inquietantes. Su estrategia, en esa oportunidad, fue cubrir una silla real, hecha de madera, con decenas de cuchillos que terminaron convirtiendo el objeto original en un verdadero instrumento de tortura. Las hojas filosas, de esa manera, brillaban tanto en el asiento como en el respaldo y las patas, amenazando con rebanar a cualquier posible usuario. El resultado de esas modificaciones se exhibió en la Feria Art Lima.

Los cuchillos de Catalina Mena adquirieron nuevas connotaciones en la serie que se vieron en 2018 en la Galería Isabel Aninat: a esas alturas, la creadora ya había alterado sus instrumentos cortopunzantes para transformarlos en armas voladoras, mediante el sencillo procedimiento de agregarles alas. Su oferta, en esa ocasión, incluyó también la presencia de machetes, navajas, corvos, espejos, vidrios y pliegos de lija, además de unas perturbadoras radiografías en las que se mostraban organismos humanos penetrados por las dagas aladas.

“En mi obra tengo una vinculación con lo doméstico, y eso se debe a que yo creo que en íntimo y en lo privado hay una política que es la simiente de todo lo que somos”, plantea la artista.

“Nuestra primera morada es la casa, porque ahí es donde aprendemos y estamos, pero en el cotidiano no nos damos cuenta de la importancia que tiene la forma en que habitamos con los objetos. Esa relación con las cosas y los espacios influye en nuestra manera de ser social, y yo creo que al cuestionar, al poner en tensión y al reflexionar sobre la manera como vivimos, podemos llegar a entendernos como personas y como sociedad”, continúa.

“En mi trabajo también hay otro tema que es el de la fragilidad de lo humano, sin dejar de observar las contradicciones operantes en estos sistemas: vemos la casa como el resguardo, como un lugar privado, pero ya Freud dijo que en la casa también está lo ominoso. Lo que yo busco, entonces, es quitar el velo que nos hace concebir lo íntimo como algo privado, para entender cómo somos en realidad y cómo nos comportamos. La idea es hacer a un lado los mitos y toda la idealización que existe en torno al espacio doméstico, para abordar esas cosas de las que habitualmente no podemos hablar”, explica Mena.

-En tu trabajo los cuchillos aparecen como imágenes violentas, pero tú también has mencionado la presencia de esos utensilios en la vida cotidiana y doméstica. ¿Cuál es, entonces, el carácter de esos objetos en tu propuesta?

-Me llama mucho la atención que la gente, al ver esta obra, comenta “oh, los cuchillos, qué violenta esa imagen”, pero la verdad es que todos tenemos cuchillos en la cocina, todos comemos en nuestras casas. Pensemos que esta sociedad en la que vivimos es una de las pocas donde la gente se reúne para comer teniendo los cuchillos sobre la mesa. Para un oriental sería impensable tener un arma sobre la mesa. Alguien del Medio Oriente comería con las manos, y una persona de oriente podría comer con palitos. En la Edad Media las armas se dejaban fuera de la casa.

-¿El uso del cuchillo en la mesa refleja una herencia belicosa de nuestra cultura?

-Por supuesto. Esa presencia constante del cuchillo en la casa te habla de, que en el fondo, tenemos una violencia latente y que nos negamos a ver. Nuestra manera de vivir tiene mucho que ver con la forma en que somos. Al mismo tiempo, es bonito también entender el cuchillo como el arma de la casa. Nosotros, como seres humanos, no tenemos garras ni grandes colmillos, pero el ser humano, cuando se transformó en homo faber, lo primero que fabricó fueron puntas de lanzas talladas con piedras. El cuchillo puede ser un arma pero también nos proporciona la posibilidad de alimentarnos y de preparar los alimentos, y en eso hay una doble contradicción. Recién cuando nos hacemos cargo de esa contradicción podemos reflexionar mucho más profundamente sobre lo que somos y sobre cómo vivimos.

-Tu exposición en el Bellas Artes se inauguró en el Día Internacional de la Mujer y también alude en forma muy clara a la violencia doméstica. ¿Dirías que el tuyo es un trabajo con una impronta derechamente feminista o es, más bien, una obra que ha sido aceptada por el feminismo debido a cierta afinidad de contenidos?

-Me cuesta hablar del feminismo como una cosa general o como algo totalitario. Me han preguntado si soy feminista, pero yo creo que hay tantos feminismos como mujeres somos. No quiero entender el feminismo como una lucha, como un estar en contra del hombre, o como una lucha por imponer otro ideal de mujer, distinto del que se ha tenido tradicionalmente, pero que al final se plantea como un único ideal. No quiero pasar a llevar a nadie. Creo que debemos entender que hay muchos tipos de feminismo y que todas cabemos dentro de ellos. Tenemos que entender que lo importante es el respeto a la diversidad y a la posibilidad de que cada mujer sea como quiere ser.

-En esa misma línea, tu trabajo se puede entender como una denuncia del femicidio, pero al parecer no está directamente o exclusivamente relacionado con ese problema social, ¿verdad?

-Claro, no quiero cerrarlo en esa única lectura. Me pasa a menudo que las personas quieren encapsular mi trabajo en un solo sentido, y eso me molesta, porque yo busco que mi obra sea polivalente. Eso es lo increíble que tiene el arte, que puede tener diferentes lecturas. Alguien podría aproximarse a esta intervención en el Museo desde la perspectiva del lenguaje, por ejemplo, entendiéndolo desde la importancia de las palabras, de cómo el lenguaje nos articula y nos puede herir. Otra manera, obviamente, es verlo como un discurso acerca de la violencia contra la mujer, pero yo ya he presentado este trabajo en otras tres oportunidades, en distintos países, y en cada ocasión ha tenido connotaciones diferentes. Es una obra feminista y tiene connotaciones en ese sentido, pero no es exclusivamente feminista.

-Por último, ¿Qué importancia tiene para tu trabajo el hecho de que se presente en un contexto con tanta carga institucional, como es el Museo de Bellas Artes?

-El MNBA se presenta como el “telón de fondo” de esta escena, aludiendo también a toda la tradición que el recinto conlleva y dotando a la instalación de un marco estético potente y bello. Este espacio institucional, ligado a lo tradicional y académico, confiere un contrapunto frente a lo doméstico que se refleja en la presentación de cuchillos corrientes de casa. Los cuchillos sencillos de cualquier cocina nacional son presentados aquí como objetos de museo, enfrentados a una figura de mármol, material noble por excelencia en la tradición escultórica occidental. Es otra forma de entablar contradicciones y dotar a la obra de encuentros que nos inviten a reflexionar.

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